lunes, 13 de junio de 2011

La leche que te han dado

En los últimos años se han multiplicado como setas en otoño unos personajes muy particulares: se autodenominan, en el mejor de los casos “nutricionistas naturales”, “expertos en nutrición ecológica” u otras calificaciones de significado, cuando menos, dudoso (en los casos más graves practican disciplinas como la “medicina cuántica”; miedo me da pensar en qué consistirá) y se presentan ante la audiencia con una seguridad similar a alguien que tiene una tesis doctoral en mecanismos genéticos de la evolución, para decir lindezas como ésta: “uno de los principales alimentos a eliminar de la dieta es la leche. La leche es perjudicial para la salud. La prueba está en que no hay ningún mamífero, excepto el hombre, que siga alimentándose de leche después de la lactancia”.

Vaya tela.

Vamos a intentar explicar este grave malentendido, que está llevando a mucha gente a eliminar de su dieta el que probablemente sea el alimento más completo del que disponemos.

La lactancia es un período en el que los mamíferos, incapaces aún de alimentarse por sí mismos, reciben de la madre un concentrado nutricional que les permite crecer y desarrollarse adecuadamente en esas primeras semanas tan cruciales de la vida. Uno de los componentes de este elixir de alto valor nutricional es el azúcar lactosa que, para ser digerido por el lactante, necesita que su cuerpo sintetice una proteína enzimática, la lactasa. Con el paso del tiempo, esta lactasa deja de producirse (su gen deja de expresarse, deja de estar “encendido”) y, de forma natural, todos los mamíferos acaban por volverse “intolerantes a la lactosa”. Y quizá alguien se pregunte: ¿por qué, si la leche es un alimento tan completo, los mamíferos pierden tan pronto la capacidad de digerirlo? Probablemente, la respuesta tiene que ver con el elevado gasto metabólico que supone a la madre tener que fabricar una mezcla nutritiva tan rica y compleja, esfuerzo que puede asumirse durante un período breve, pero que no compensa cuando la cría puede buscar alimento por sí sola.

Todos los seres humanos no lactantes fueron intolerantes a la lactosa y, por tanto, no consumían leche (como el resto de los mamíferos) hasta hace unos 7.000-10.000 años. ¿Qué ocurrió entonces? Por aquella época entramos en el Neolítico, con el comienzo de las prácticas agrícolas y ganaderas. También por entonces apareció de forma estable en el genoma humano una mutación que permitía la expresión de la enzima lactasa durante toda la vida, y no sólo en los primeros meses. El disponer de rebaños y, por tanto, de leche, a la vez que la aparición de este cambio en el ADN, permitió a aquellos Homo sapiens mutantes alimentarse después de la lactancia con aquel mágico concentrado. Las consecuencias no se hicieron esperar: aquellos primeros “bebedores de leche” estaban mejor alimentados, más sanos, más fuertes, vivían más… y dejaban más descendencia. Justo lo que la selección natural necesita para funcionar. Hoy, se calcula que entre un 60 y un 80% de la población porta esta mutación que permite digerir la leche más allá de la lactancia. El resto de la población son los que conocemos como intolerantes a la lactosa.

Algunos todavía no estarán convencidos: pensarán que una “mutación” tiene que ser algo malo. Y que si fuera buena, los demás mamíferos también la habrían desarrollado. En primer lugar, quisiera aclarar que el término “mutación” simplemente significa “cambio en el ADN”, y que hay mutaciones perjudiciales y beneficiosas para el individuo que las experimenta; de hecho, si no fuera por infinidad de mutaciones sucesivas, los homínidos nunca se habrían separado del tronco común que, hace 8 millones de años, compartían con los antepasados de los chimpancés, y el Homo sapiens nunca habría aparecido. Por otra parte, sobre que los demás mamíferos no hayan estabilizado en su genoma una mutación como la nuestra, digamos que sin duda se debe a que ellos nunca han practicado la ganadería.


Así pues, puede ocurrir que la leche te siente fatal porque seas incapaz de digerir la lactosa, o quizá que te resulte un poco pesada porque tienes algún problema con la digestión de grasas (por cierto, la puedes tomar desnatada) o quizá, simplemente, no te guste su sabor… Pero no hay mayor problema. Beber leche no es obligatorio. No la bebas. Desayuna otra cosa. Pero decir que la leche es mala y habría que eliminarla de la dieta no sólo es mentira, sino también peligroso.

Al final, supongo que esto no es más que una moda, la menos original de todas: querer ser original, diferente de los demás. En fin, todos nos autoengañamos con lo que más nos apetece, pero de ahí a querer engañar a los demás, como hacen estos pseudo-nutricionistas de pacotilla, hay mucho trecho.

jueves, 28 de abril de 2011

De Chernobyl a Fukushima. ¿La era de los mutantes?

Es difícil quitarse de la mente las imágenes de devastación del  terremoto y subsiguiente tsunami que asolaron el nordeste de Japón, ese cataclismo apocalíptico digno de los efectos especiales de las más aciagas producciones de este género en Hollywood, aunque desgraciadamente alimentando el tópico de que la realidad supera siempre a la ficción. Y esa terrible y alarmante secuela, el accidente nuclear de Fukushima. La lección que hemos aprendido es que toda seguridad es poca y que la poderosa tecnología que nos proporciona la cómoda sensación de que domesticamos la naturaleza nada puede contra los embates más fieros de ésta. La reacción social y política en todo el mundo, el miedo lógico al precio que puede costar la energía nuclear en el evento de una catástrofe de esta índole. Algo que, si me perdonan los expertos en estadística por tan pobre muestreo, parece ocurrir cada 25 años, pues ahora celebramos el cuarto de siglo del accidente de Chermobyl. En un blog de la revista Nature se utiliza Google Earth para estudiar de manera interactiva la densidad de población en torno a las centrales nucleares del mundo, lo que proporciona una idea de la tragedia humana que supondría un evento similar al acontecido en Fukushima o Chernobyl. No es cuestión de ser cenizo, sino de estar preparado.
La catástrofe nuclear se produce cuando bien errores humanos (Chernobyl) o bien daños causados por la furia de la naturaleza (Fukushima) compromenten la refrigeración de los reactores. Es cierto que un terremoto de magnitud 9 en la escala de Richter no es probable en Alemania ni en Garoña... Ni un tsunami lejos de las costas, claro. Sin embargo, atención a esta imágen de lo que ha ocurrido hoy en Alabama, EEUU, una región fuera del área de influencia sísmica.
En efecto, se trata de un tornado, una tormenta brutal, un fenómeno meteorológico en toda regla. ¿Son las centrales nucleares a prueba de tornados? Pero si la naturaleza es irracional, peor son las guerras en las que la especie humana se enreda ¿Están las centrales nucleares diseñadas a prueba de conflictos bélicos? Qué respuesta cabe dar a esto cuando incluso ya hemos utilizado la bomba atómica y vivido épocas de carrera armamentística nuclear, como la 'guerra fría'. El hombre está cambiando la faz de la Tierra con su desarrollo y explotación sin límites (tala de bosques tropicales, consumo de todo el combutible fósil, cambio climático... Por nombar algunas lindezas). Es un hecho irreversible. Y ya sabemos la consecuencia que ello está teniendo y tendrá a corto plazo sobre la biodiversidad en el planeta. Pero... ¿y la vida en sí? En un escenario hipercatastrófico, ¿estaría amenazada la vida? La nuestra tal vez sí, en cuanto agotemos o contaminemos los recursos que nos mantienen, pero la vida en este planeta tiene comodines. Pongamos la amenaza de la radiactividad. Efectivamente, los efectos mutagénicos de las radiaciones son bien conocidos, pero la evolución de las especies, basada en un proceso de mutación y selección natural, se ha desarrollado siempre en presencia de mutágenos (radiación cósmica, ultravioleta solar, elementos radiactivos naturales...) y, sin duda, en cierta medida la presencia de estos mutágenos ha contribuido al ritmo evolutivo. Si incrementamos la presión selectiva sobrevivirán sólo los más fuertes, de ahí la pérdida de diversidad. Y los más fuertes ya están aquí. La bacteria Deinococcus radiodurans (en la imagen) y la arquea Thermococcus gammatolerans, como sus nombres indican, son microorganismos que aguantan sin apenas pestañear dosis de radiación 100 veces superiores a las necesarias para matar a un ser humano.
 El estudio de estos microorganismos se realiza con la esperanza de aprender a utilizarlos en procesos de descontaminación o al menos de conocer los secretos de su resistencia. Y de estos estudios deriva la sorpresa... Parece ser que su secreto no estriba en la resistencia a la mutación de su ADN, sino de sus proteínas, algo que tiene que ver con la acumulación de manganeso (Mn) en la célula. Con esto, el concepto de que el ADN es el que sufre el efecto de las radiaciones que tenemos los genetistas lleva un tiempo en la mesa de debate por culpa de estos bichos. Sea cual sea la causa de su resistencia, el caso es que su ADN es el as que la vida tiene en la manga para volver a empezar desde el principio en caso de que Fukushima se globalice.
Ya, ya sé que no va a ocurrir, no hay que ser tan catastrofista... Pero en estos tiempos siempre es bueno tener recursos. Por si acaso.

viernes, 4 de marzo de 2011

De ratones y hombres: curar el cáncer

Hoy he pasado el día en una pequeña y agradable reunión científica en el CNB-CSIC, centrada en biología molecular del cáncer. No voy a reseñar los intríngulis moleculares que han presentado los ponentes sobre cómo lograr una quimioterapia efectiva. Pero sí voy a apuntar brevemente la sensación de impotencia ante una mera leve percepción de la complejidad de tan terrible enfermedad. Abrumador. Es un privilegio ser testigo de los enormes avances del conocimiento en este área. Pero es a la vez desalentador asumir que el cáncer no es una enfermedad que vaya a admitir jamás un tratamiento universal, cirugía aparte en los tumores sólidos... No sólo porque hay muchos tipos de tumores, sino porque las mutaciones en los diversos oncogenes y genes supresores que determinan la aparición y el desarrollo del tumor son distintas en cada individuo. Y sobre todo, hay muchas cosas que entender todavía: cómo surge el tumor, cómo progresa, qué su determina su malignidad, por qué se produce una metástasis... El conocimiento global ayuda, sin duda, y el avance en el control de cierto tipo de tumores en la última década ha sido muy notable gracias a ello, pero es un hecho que en muchos casos el pronóstico de la enfermedad y la respuesta a un tratamiento dado dependen de factores en gran medida desconocidos e impredecibles.

La realidad es que la inversión multimillonaria de las grandes farmacéuticas lleva a una plétora de moléculas hasta las primeras fases de ensayos clínicos en pacientes. Pero muy pocos compuestos llegan a las fases avanzadas y muchos menos a su aprobación y comercialización. Y de repente en un foro científico alguien expone un resultado basado en estudios genéticos sobre ratones, por ejemplo, y deja sobre la mesa la sombra de una duda: ¿todos esos compuestos están dirigidos contra la diana biológica apropiada? ¿O deberíamos cambiar radicalmente de estrategia? El cáncer depende de circuitos biológicos muy complejos, con múltiples interconexiones entre sí. A menudo apagar una rama del circuito implica la reactivación de otra. Es como luchar contra un dragón de varias cabezas con una sola espada. Si cortas una cabeza es probable que alguna de las otras se cabree más, si es que no le surgen dos de la herida, como a la Hidra mitológica. Bueno, en realidad es más complicado que eso, algo así como luchar con un dragón de varias cabezas capaz de multiplicarse dentro de un laberinto. Un dragón caprichoso y voluble, terrible pero impredecible. Es probable que la quimioterapia combinada, que corta varias cabezas a la vez, sea una solución en un futuro, si es que damos con los fármacos adecuados. Pero si los efectos secundarios de la quimioterapia con un solo fármaco son temibles, pues suma y sigue. Fascinante lucha contra el monstruo del cáncer, científicamente hablando. Más valiente aún la desesperada y triste lucha personal de muchos enfermos. Difícil será abatir al dragón. Lo que es seguro es que por el camino van a caer muchos muchos ratones, esos simpáticos y peludos mártires. Y muchos muchos millones de euros. Bien empleados, claro está.
En fin, que regreso a casa fascinado pero con un sabor de boca más bien amargo. Y a 110 Km/h. Que no se diga.

viernes, 21 de enero de 2011

Montagnier, papayas fermentadas y la teleportación cuántica del ADN


Luc Montagnier, Premio Nobel en 2008 por el descubrimiento del virus del SIDA 25 años antes, Príncipe de Asturias de investigación científica y técnica (2000), Caballero de la Legión de Honor francesa y otros muchos méritos probablemente merecidos… Aunque la sonada trifulca con Robert Gallo por la autoría del descubrimiento del virus enturbió en su momento la importancia del hallazgo, hoy no sólo su autoría sino también su autoridad en el HIV son incuestionables (pincha aquí para leer la historia del descubrimiento contada por el propio Montagnier, in English). De hecho, Gallo no compartió el Nobel con el francés, lo que implica que la historia parece inclinar la balanza a favor de Luc. No obstante, una buena parte de la comunidad científica nos tememos que el bueno del Dr. Montagnier chochea. Y mucho.
La penúltima aventura de Montagnier comenzó con unas declaraciones en las que afirmaba que una nutrición equilibrada y el consumo de sustancias antioxidantes podrían contribuir de manera decisiva a la prevención del SIDA. Dicho por la máxima figura mundial en la materia suena más serio, pero el sentido común dicta otras medidas profilácticas… Leyendo entre líneas parece que la intención del viejo Luc fuese utilizar su autoridad para divulgar la mentira piadosa de que cooperando con el África subsahariana para mejorar su alimentación haríamos más bien que invirtiendo un dineral en una vacuna que no tiene visos de viabilidad. Y eso es loable. Pero hace poco publicó un trabajo en la revista Toxicology en el que presenta el jugo de la papaya fermentada como una panacea para múltiples procesos patológicos por sus propiedades antioxidantes, incluyendo el SIDA. Entre sus propiedades estaría el retraso del envejecimiento, por lo que dicen se la habría recetado ya al papa Juan Pablo II en su día. Hasta ahí, todo bien… Extravagante, pero interesante si tales propiedades se corroboran, cosa que algunos investigadores dudan. Al menos en público… ¡Quién sabe si no se hartan de papaya un poco pocha a escondidas!
Pero todo tiene un límite. La última de Montagnier es su defensa de la hipótesis de que el ADN en solución acuosa es capaz de inducir ondas electromagnéticas, y que dichas señales dejan su impronta en fluidos situados a cierta distancia. Y, ta-chaaan… ¡Más difícil todavía!: Esta “impronta cuántica” es capaz de ser reconocida por la polimerasa de la PCR (la reacción en cadena que usamos de rutina en los laboratorios para amplificar ADN) que permite producir el ADN a partir de su fantasmagórico molde teleportado. Para demostrar esto, que aún no ha publicado (siempre le queda la opción de enviarlo a Current Revolution), ha tenido que eliminar los campos magnéticos de la Tierra para que no influyeran en el experimento. Nadie duda que la Ciencia se hace más fascinante cuanto más se acerca a los límites y que muchos grandes descubrimientos a menudo se han fundamentado en hipótesis de riesgo. Pero aquí se ha transmigrado varios pueblos, porque esto supone dinamitar las leyes de la física, la química y la biología en un solo experimento con planteamientos pseudo-homeopáticos, puesto que la experimentación realizada parece implicar diluciones extremas de la muestra (ya sabéis, la homeopatía no es más que un pintoresco tabú para nosotros los honorables científicos del siglo XXI).
Estos experimentos son objeto de controversia y debate en la comunidad científica sólo porque él los defiende, puesto que a cualquier otro científico loco, que somos muchos, se lo tomarían a guasa. Aparentemente, Montagnier acaba de trasladar su laboratorio a China, puesto que en Francia, heredera del exceso de racionalismo que trajo la Revolución, no encuentra financiación para este proyecto. No sé qué pensarán los chinos, pero yo a esta aventura no la veo mucho futuro.
Así que… ¡Hasta luego, Luc!

domingo, 7 de noviembre de 2010

El proyecto de los 1000 genomas humanos: solo quedan 821

La obtención de la secuencia del genoma humano con una calidad aceptable hace ya una década se considera una inflexión en nuestra manera de ver y hacer Ciencia, el punto de partida de la llamada Era Postgenómica, piedra angular de la investigación biomédica en el siglo XXI. Ahora que la tecnología de secuenciación y análisis informático de las secuencias ha dado un salto cuantitativo de varios órdenes de magnitud, el siguiente paso es el llamado “Proyecto de los 1000 Genomas”. La comunidad científica pretende con esta iniciativa resolver con cierta precisión la variabilidad genética de la especie humana. ¿Por qué somos distintos física y emocionalmente? ¿Por qué algunos tenemos más o menos desarrolladas ciertas cualidades o capacidades? Y, sobre todo, ¿qué hay escrito en nuestros genes sobre nuestra predisposición a las enfermedades o nuestra respuesta a tratamientos médicos? Se sabe, por ejemplo, que la diabetes, la obesidad o la enfermedad cardiovascular tienen un importante componente genético, pero aún ignoramos el cóctel de genes responsables y las variantes involucradas. Muchos investigadores creen que si no incluimos en ese cóctel variantes poco comunes en la población (y, por tanto, aún no detectadas con el material disponible), seguiremos sin entender las bases genéticas de estas enfermedades.  Pues bien, se supone que secuenciando y comparando entre sí 1000 genomas humanos de individuos no relacionados sabremos algo más. Una de las esperanzas es dar con variantes poco comunes que han escapado hasta ahora al escrutinio. Ambicioso y caro, sí, va a ser conocer nuestra idiosincrasia.
Mil es un número muy redondo y en unos años veremos el resultado, pero de momento se han publicado ya en Nature las conclusiones de una primera fase piloto del proyecto en la que se han resuelto 179 genomas, una cantidad nada desdeñable. Aunque en esta fase piloto la cobertura de estos genomas no ha sido muy completa que digamos (es decir, no se ha hecho una secuenciación exhaustiva de cada uno) y hay que asumir cierta tasa de error en las secuencias, se ha complementado el estudio con estrategias complementarias. Una de ellas es la secuencia de alta calidad de dos familias (padre, madre e hijo), seis personas en total. De este estudio en particular es posible deducir cuántas mutaciones se generan de novo en un individuo, es decir, cambios genéticos que aparecen en el hijo pero que no ha heredado de ninguno de sus padres. El estudio sugiere que una de cada 100 millones de bases cambia en una generación (para bien o para mal, la especie sigue evolucionando…).   
La segunda estrategia complementaria consiste en la secuencia de las regiones expresadas de genoma, los llamados exones de los genes, que es esa mínima parte del genoma que lleva información (todo lo que no entra en la categoría, mal llamada, de ADN basura). Los exones son muy pobres en variabilidad genética en comparación con las regiones menos informativas del genoma, pero las diferencias encontradas pueden ser, obviamente, más relevantes para el fenotipo, es decir, más importantes a la hora de relacionar dicha variabilidad con los rasgos y predisposiciones que nos interesan desde el punto de vista médico, científico o por pura curiosidad. Esta última estrategia se ha llevado a cabo sobre el material genético de 697 personas. Estamos pues afinando muchísimo nuestro conocimiento de esas pequeñas diferencias que nos hacen como somos, ni mejor ni peor (lo más peligroso de la genética son las interpretaciones que pretenden justificar la superioridad de un grupo o individuo). En esta fase del estudio se llega a la caracterización de 15 millones de SNPs (single nucleotide polymorphisms; cambios de una sola base en la secuencia), más de la mitad de ellos hasta ahora desconocidos. A esto hay que añadir un millón de pequeños cambios un poco más drásticos (inserciones o deleciones de unas pocas bases) y 20.000 variantes estructurales en los genomas. A vista de pájaro, los investigadores calculan que eso supone el 95% de lo que se puede encontrar en el material analizado, que no es poco. Para que no perdamos de vista que la genética es una lotería, los autores estiman que cada persona porta entre 250 y 300 genes inactivados por mutaciones al menos en una de sus copias (recuerde el lector que es diploide y por tanto porta un duplicado de sus genes procedente a su vez de una de las copias de cada uno de sus progenitores). Entre 50 y 100 de estos genes estarían implicados en enfermedades hereditarias conocidas. Es algo más de un 0,5% de nuestros genes y el hecho de que cada uno somos portadores de al menos 50 enfermedades hereditarias nos da que pensar. Menos mal que el azar juega en nuestro favor y no es tan fácil que nuestra media naranja porte justo las mismas, de modo que nuestros hijos con seguridad heredarán su ración de genes de riesgo, pero no será tan común que la recombinación les otorgue alteradas las dos copias de un gen importante, afortunadamente. Pero aunque lo poco común es raro por definición, no es raro rarísimo… Puedes consultar en FEDER, la Federación Española de Enfermedades Raras, una larga lista de estas afecciones, algunas horribles... Allí te contarán que 30 millones de personas en la Unión Europea las padecen. En fin, estaremos atentos pacientemente al siguiente capítulo de la Genómica... A los científicos nos encantan los números, pero ya sé lo que están ustedes pensando: ¡Menos números y más beneficios!

domingo, 24 de octubre de 2010

EPIGENÉTICA: COME SANO Y PROCREA SANO


Cuando el lúpulo nos inspiró este blog, la idea original era comentar semana a semana los descubrimientos más importantes de las Ciencia. Es decir, hojear el Nature y el Science y puntualmente transcribir en castellano y de una manera sencilla lo que se estaba cociendo en los laboratorios, no sin dejar de dar nuestra opinión. Pero los efectos del lúpulo son transitorios, la crisis se confabuló en contra de hacernos con una subscripción personal a la creme de la creme de las revistas científicas y, para colmo, nuestra frenética rutina no nos deja tiempo ya (y mucho menos materia gris) para estos ocios semi-intelectuales. Pero... ¡Por la piel de Barrabás! Esta semana lo voy a intentar.
Entro en Nature y me encuentro, entre la galaxia más lejana jamás conocida (y más cercana al Big Bang, ¡qué vértigo!) y las habituales estructuras proteicas modelizadas en colorines, un caso flagrante de la hoy tan celebrada Epigenética, digno de comentarse.
Unos investigadores australianos se han dedicado a mantener ratas macho a base de donuts, chistorra y hamburguesas (bueno, no exactamente, ya quisieran ellas, pero sí que las han sometido a una dieta generosa en grasas), luego les han procurado hembra (a la cual le ha tocado el gordo, literalmente) y han constatado que sus hijas ratas sufren trastornos pancreáticos y tienden a desarrollar diabetes. Hay que recordar que nuestra civilización sufre de manera preocupante de un aumento en la prevalencia de la obesidad y la diabetes de tipo 2, y ambas patologías van frecuentemente asociadas. Todas las evidencias señalan que no se trata de una predisposición genética propiamente dicha, es decir, que el padre transmita a la hija un repertorio de genes que la predisponga a la obesidad. Esto es así porque estos mismos ratones, con los mismos genes, pero sometidos a una dieta normal (no sé si las ratas conocen la dieta mediterranea, hace tiempo que no voy de tapeo por las alcantarillas) no transmiten a sus ratitas nada de esto. Pero la dieta hipercalórica sí condiciona la "epigenética", de modo que el ADN de los espermatozoides de tan orondos y acomodados roedores tiene un nivel diferente de metilación (una mínima modificación en una de sus bases que no afecta a la secuencia), o bien las histonas (las proteínas que empaquetan el ADN) tienen niveles distintos de acetilación (otra modificación química que condiciona la "flexibilidad" de ciertas regiones de los cromosomas). La epigenética también se hereda y, aunque los científicos no la hemos hecho mucho caso hasta hace poco, porque no entedíamos muy bien qué papel podían desempeñar dichas modificaciones, ahora tenemos claro que afectan a la expresión del mensaje que portan los genes, condicionando el destino de la célula. Los biólogos que estudian programas de "desarrollo", es decir, cómo de un mísero zigoto se diferencian las distintas partes de un embrión y cómo unas células se convertirán en neuronas y otras en células dérmicas de la planta del pie, por ejemplo, conocían o suponían el papel de la epigenética hace tiempo. Pero ahora estos procesos entran fuerte en otros campos de la biomedicina. Es la primera vez que se describe en mamíferos la transmisión de una secuela metabólica de una generación a otra sin que exista un componente estrictamente genético.
Moraleja: cuidadín con esas tapitas del bar, y haz ejercicio, que si alguna vez procreas, está en juego la salud de tus hijos... Vamos, que ya podrás engordar sin remordimientos después de ser padre (de ahí el refrán "cuando seas padre comerás huevos", digo yo... ¿Por qué se dice eso si no?).

lunes, 4 de octubre de 2010

LA PARADOJA

Últimamente visito muchos blogs de literatura (microrrelatos, poesía...). Casi más que de Ciencia. Me fascinan porque en literatura todo vale y eso me desintoxica del rigor científico que exige mi ejercicio profesional. Se da la paradoja de que mientras la naturaleza improvisa estrategias de supervivencia ante los cambios que producimos en el entorno, nosotros los científicos no tenemos más herramientas para estudiarla que los basados en estrictos y rigurosos cálculos. Así es el método experimental: no admite improvisación. Incluso la imaginación que libremente podemos dejar volar a la hora de plantear una hipótesis está sujeta a la necesitad de encajar la pieza en un rompecabezas cuyo molde está perfectamente definido. Sólo la flexibilidad de la estadística nos da un leve margen de error. Paradójicamente, la naturaleza juega al realismo mágico mientras nosotros la espiamos con nuestros ojos racionalistas.
Jaques Monod, en "El azar y la necesidad", hablando de cómo la mutación del material genético permite los cambios fenotípicos que permiten la selección, adaptación y evolución de las especies, decía: "Puesto que las mutaciones son accidentales, es decir, se producen al azar, (...), sólo el azar está en el origen de toda novedad, de toda creación en la biosfera. El puro azar, sólo el azar, libertad absoluta pero ciega, en la raíz misma del prodigioso edificio de la evolución."
No sería muy sesudo por parte de los científicos contemporáneos hacer experimentos "al azar". ¿O sí? En realidad, parte de la Biología en la era post-genómica que estamos viviendo se basa en agotar el azar. Tirar el dado mil veces a ver si está cargado o no. Por ejemplo, en lugar de basarnos en predicciones estructurales para buscar los aminoácidos esenciales de una proteína (una enzima, por ejemplo), podemos agotar el sistema mutándolos todos de uno en uno y viendo cómo cada mutación puntual afecta a la función y a la estructura de la proteína. Esto se llama alanina-scanning, porque lo habitual es mutarlos a este aminoácido, que es bastante neutro. Y está poniéndose de moda. O bien, otro ejemplo: ahora que tenemos resueltos y anotados los genomas de los organismos modelo, podemos mutar uno a uno cada gen y ver cómo se comporta el pobre bicho sin cada uno de los genes (el clásico asociar el fenotipo al genotipo, en este caso, un "knock out" génico, peor a lo bestia). De hecho, hay un International Mouse Knock-out Consortium que está en ello... Pretende generar tantas líneas germinales de ratones mutantes como genes existen en le genoma del roedor. Mutarlos todos de uno en uno y ver qué le pasa a cada mutante (si pasa de la fase embrionaria, si vive, si está enfermo...). Deben ser unos 20.000. No hay margen para el azar si todas la posibilidades están cubiertas.
Muchos investigadores, sobre todo los más especializados en cuestiones concretas, piensan poco menos que lo que hacen estos investigadores es trampa. Pero las bases de datos se van llenando de información generada en estos proyectos de gran envergadura que resulta útil para todos. Siempre queda un hueco para la intuición, la corazonada, claro... Si no la ciencia sería un aburrimiento... Puestos a disfrutar de la literatura, siempre es más ameno leer un buen relato que un tomo de la enciclopedia. Aunque el segundo tenga más rigor.