No deja de sorprender que la evolución de los seres vivos, incluido el hombre, constituya un hecho tan ampliamente aceptado por los científicos y, sin embargo, tan poco integrado en el pensamiento del ciudadano medio. Quiero decir que, si surge el tema en la conversación, no es raro descubrir que la aceptación de la evolución por numerosas personas no dedicadas a la ciencia es más bien superficial y que, si se insiste en el tema, se acabe confesando que, en el fondo, no se puede “tragar” eso de que algo tan complejo como (por ejemplo) la mente humana pueda “hacerse solo”.
Muchas de estas personas han llegado a esta conclusión tras reflexionar seriamente sobre el tema e intentando, si son religiosas, dejar aparte las implicaciones de este tipo; para este tipo de lector irá dedicado el próximo escrito y último dedicado a la evolución (sí, sé que algunos habéis respirado tranquilos…), que ya queda anunciado. Pero sospecho fuertemente que la mayoría de las personas que no consiguen aceptar la evolución se basan en motivos religiosos: que el mono y el Homo sapiens compartan antepasados comunes no casa bien con la visión religiosa que del hombre tienen muchas personas. Es el viejo tema del supuesto conflicto entre ciencia y religión. Mucho se ha escrito sobre este asunto, haciendo énfasis en que se trata de dos ámbitos independientes y que no se influyen, y exponiendo largas listas de eminentes científicos que también han sido personas religiosas. Pero el problema sigue. Y, en mi opinión, esto sucede porque, aunque ciencia y religión no se oponen, sí lo hacen la ciencia y cierto tipo de religión. Prepárense, que vamos a filosofar un poco.
A lo largo de la historia, el hombre ha ensayado diversos métodos para conocer y entender la Naturaleza: mitología, religión, arte, filosofía, ciencia… De todos ellos, el recién llegado es la ciencia, cuyo nacimiento suele fecharse en el Renacimiento, con los trabajos de Galileo y sus coetáneos en otras ramas del saber. Y si hay una diferencia fundamental entre la ciencia y el resto de modos de relacionarse con la realidad, pienso que es su afán de objetividad: la ciencia se mueve continuamente entre hipótesis, que a veces alcanzan el estatus de teorías y, en menos casos aún llegan a aceptarse como “verdades” científicas; pero, para ello, estas “verdades” han de ser demostradas de forma que puedan ser aceptadas por todos. E, incluso en este caso, la ciencia siempre es falsable: la acumulación de evidencias a favor de una teoría la fortalece, pero bastaría con una sola objeción suficientemente demostrada para que dicha teoría se fuera a pique. Sin duda, por estas características, la ciencia es el método de acceso a la Naturaleza más estricto de los que se han ensayado a lo largo de la Historia, y seguramente de ahí provenga su éxito.Es importante enfatizar que la ciencia no pretende poseer ninguna verdad, sino teorías que cada vez se vayan acercando más a una descripción exacta de la realidad. La Ley de la Gravitación de Newton fue aceptada como “verdad” cuasi-absoluta durante dos siglos, hasta que hubo de ser sustituida por la Relatividad General de Einstein. ¿Es la teoría de Einstein la descripción definitiva del concepto de “gravedad”? Probablemente no, pero gracias a él nos hemos acercado un poco más a la verdad, como la asíntota se acerca infinitamente a la recta, aunque nunca la llegue a tocar. No es la ciencia, por tanto, la poseedora de verdades absolutas (aunque desafortunadamente algunos científicos se comporten como si lo fuera).
En este sentido, el darwinismo o teoría de la evolución mediante selección natural, como todas las teorías científicas, es falsable: puede ser derribada siempre que se encuentre una objeción suficientemente demostrada. Ciertos grupos religiosos, originarios y casi exclusivos de Estados Unidos, pretenden aprovechar esta característica de toda teoría científica para descartar la evolución y sustituirla por una doctrina que, en su forma más radical, coincide con el relato bíblico de la Creación (que Dios creó el mundo en seis días y al séptimo descansó, etc, etc…). No deja de sorprender que, habiendo invocado la falsabilidad de las teorías científicas para intentar derribar la de la evolución, estos señores se descuelguen a continuación con una serie de enunciados que son imposibles de someter a la prueba de falsabilidad…
Estamos refiriéndonos a la doctrina del creacionismo. En algunas zonas de Estados Unidos, el poder de los grupos religiosos es tan importante que se presiona a políticos para que en la escuela se estudien en pie de igualdad y como dos alternativas serias la teoría de la evolución y la doctrina creacionista. Y la cuestión es peligrosa porque, al emplear inadecuadamente el argumento de “más libertad académica”, se está intentando introducir con calzador en los currículos escolares una asignatura que no tiene nada de teoría científica.Todo esto viene por mezclar y revolver conceptos de ámbitos distintos y que no se entienden bien o no se quieren entender. Veamos. En primer lugar, hay que distinguir entre lo que denominamos “evolución biológica” y sus “mecanismos”. Sobre la primera, el apoyo científico es apabullante, tanto, que casi podríamos considerarla como “verdad” científica: haría falta una objeción verdaderamente gigantesca para que los científicos cuestionaran que los seres vivos evolucionan. Sobre el segundo asunto, los mecanismos de la evolución, aún se sigue debatiendo, pero no porque no se conozcan dichos mecanismos en líneas generales, sino porque todavía quedan puntos por afinar o visiones que encajar adecuadamente unas con otras. Como visión aceptada también por la gran mayoría del mundo científico, podemos decir que en los seres vivos se genera variabilidad mediante mutación en su ADN (y si los genes afectados son reguladores importantes, como los genes Hox, el resultado es un cambio mucho mayor en el organismo) y mediante la endosimbiosis (se ha aceptado ya el origen bacteriano de mitocondrias y cloroplastos; se discuten otros orgánulos y estructuras intracelulares). Si, además de los citados, existe algún mecanismo adicional de importancia en la generación de variabilidad, el tiempo lo dirá. También se discute sobre el ritmo al que se produce la evolución: de forma gradual, permanente, lenta, o bien, en ocasiones, más acelerada; probablemente se den las dos velocidades; los períodos de evolución rápida explican, al menos en parte, la escasez de formas intermedias entre los fósiles que se recopilan. Es en estos aspectos donde todavía pueden producirse algunos cambios o realizarse aportaciones en la teoría de la evolución.
Así pues, cuando el creacionismo insiste en las “lagunas” de la evolución, habría que aclararles varias cosas: 1) que, más que “lagunas”, habría que hablar de “charquitos”; 2) que las razones que dan para oponerse a la teoría de la evolución no son aceptadas por la inmensa mayoría de los científicos; 3) que, en buena medida, ello se debe precisamente a que no son científicas: no son objetivas (no pueden ser compartidas por todos) y no son falsables (si la base de la teoría es una acción divina que no puede detectarse - por eso, por ser divina -… ¿cómo demonios se puede intentar demostrar que esa acción no existe?).
Seguiremos hablando del supuesto conflicto evolución-religión, pero dándole una vuelta de tuerca más, que lo haga más interesante: ¿han oído hablar del “diseño inteligente”? Nos vemos.












No quiero entrar en polémica sobre si el virtuoso personaje de Hipatia y su radical entorno están más o menos bien caracterizados en la película, que sin duda está bien documentada pese a las enormes incógnitas que inquietan a los historiadores sobre las circunstancias y los personajes de los últimos días de la emblemática y misteriosa Biblioteca de Alejandría. Ponerse en la piel de los sabios (y sabias) de la antigüedad, que buscaban una explicación científica al mundo y al universo sin el conocimiento que ahora tenemos es fascinante. Imaginaos un mundo sin luz eléctrica, en el que el cielo nocturno estrellado se observa con suma claridad. Los sabios de culturas antiguas leían en este cielo de estrellas fijas el paso del tiempo, la llegada de las distintas estaciones o la temporada de lluvias, conocimientos esenciales para planificar las cosechas de las que dependía su supervivencia. También conocían desde tiempos remotos el tránsito de los “errantes”, los planetas, para ellos el sol, la luna y las cinco estrellas que cambian su posición en el cielo en las proximidades de la eclíptica, es decir, a lo largo de la franja de cielo representada por las doce constelaciones zodiacales que ya conocían los Sumerios. En ausencia de referencias racionales para explicar esto surgieron explicaciones mágicas o metafísicas, se asimilaron los siete planetas a poderes de la naturaleza y a titanes o dioses (todavía llevan los nombres de los grecorromanos). De ahí la magia del número siete, los días de la semana (Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno, Sol), los siete brazos del candelabro judío, que probablemente tiene el significado oculto de que todos los dioses son uno (¿no serían las siete tribus de Israel antiguos adoradores de estos poderes planetarios?). El mérito de Hipatia y otros astrónomos notables de la antigüedad, como Ptolomeo, fue despojar a estos fenómenos de la enorme aura mágica y metafísica a que les sometía el conocimiento de su tiempo y verlos como cuerpos celestes, simplemente. Que sus conclusiones fueran correctas científica o matemáticamente es sólo un mérito añadido a este enorme avance intelectual que generaciones posteriores volvieron a borrar durante más de un milenio. Hay una disciplina fascinante que es la arqueoastronomía o etnoastronomía, a caballo entre la arqueología, la historia de las religiones y la historia de la ciencia. Se ocupa de la ardua tarea de intentar comprender qué veían los antiguos pueblos y civilizaciones en el cielo, cómo interpretaban las constelaciones, los movimientos planetarios, y los fenómenos astronómicos en general pueblos como los antiguos babilonios, los mayas, los aztecas, los egipcios, los celtas, etc., y cómo las relacionaban con sus creencias e influían en sus costumbres. Releer mitologías y textos sagrados desde una perspectiva arqueoastronómica es simplemente apasionante. Sin necesidad de irnos a Stonehenge ni a las pirámides mayas ni a posibles interpretaciones astronómicas del crepúsculo de los dioses germánico ni la obvia conexión de la mitología griega y la de otros pueblos mediterráneos con las estrellas, en los propios textos de la religión cristiana los evangelistas pudieron introducir misterios astronómicos en su relación biográfica del gran talento espiritual de su época, Jesús, como la ubicación de su nacimiento con precisión en el solsticio de invierno, el nacimiento de un año solar, marcado desde los antiguos egipcios por la aparición de Sirius en el horizonte oriental al atardecer (la estrella de Oriente) seguida de las tres estrellas del cinturón de Orión (los tres Reyes Magos). La Última Cena, que asienta el ritual cristiano aún vigente, podría encerrar un misterio de calendario (de 12 meses, a mes por apóstol, o 13 si contamos a Jesús, el año de 13 lunaciones de 28 días, que falla por un solo día el cómputo del ciclo solar de 365 días; 12 y 13 son también números mágicos, repetidos en otras culturas, como por ejemplo en las leyendas artúricas) basado en interpretaciones astronómicas, en las que se reproducen ritos de agradecimiento o propiciación de las cosechas, el pan de solsticio de verano en los rituales de siega y el vino del equinoccio otoñal en la vendimia, típicos de los misterios religiosos de las culturas mediterráneas, sobre todo la griega. De hecho, el hermetismo de los misterios de Eleusis, que debían ser de esta índole, parece similar al de los ritos clandestinos de los primeros cristianos. Aparte de fantasear un poco, lo que quiero decir es que probablemente nuestra cultura le debe inconscientemente muchos tópicos a observaciones paracientíficas arcaicas del cielo y que si los fundamentalistas de nuestros días leyeran sus textos desde un prisma racional podrían desvelar interpretaciones científicas, metafísicas o puramente poéticas del cielo visto por los antiguos sabios que probablemente fueron sus profetas. Creerse lo que los textos dicen a pies juntillas, sean científicos, periodísticos o religiosos, sin cuestionar nada, supone una anulación del intelecto humano. Sólo tengo que lamentar que los druidas, los sacerdotes de Osiris, etc. desde su mundo mágico o la propia Hipatia desde su foco racional no tuvieran un microscopio. La Biología Celular tendría mucha más poesía.