domingo, 10 de enero de 2010

Sobre Hipatia de Alejandría, Arqueoastronomía y oscurantismo

Hace unos días fui a ver la película de Amenábar, Ágora, en la que parece que el virtuoso realizador ha creado un nuevo género, basado el épico pero centrado en un tema que hasta ahora ningún cineasta que yo recuerde se había atrevido a perfilar: La Historia de la Ciencia antigua y su difícil progreso sobre el oscurantismo imperante. Pero sobre todo Amenábar utiliza el contexto histórico para advertir sobre las consecuencias del fatal enfrentamiento entre la “verdad revelada” basada en una interpretación del mundo según los dogmas religiosos escritos en los ancestrales libros sagrados y el pensamiento racional, que propone cuestionar cualquier dogma mediante la observación e interpretación de la naturaleza. A alguien le puede parecer una cuestión del pasado, vigente sólo en episodios remotos de la historia, como el que se describe en la película, pero no es así. Se trata de un problema de plena actualidad en el mundo globalizado del siglo XXI, en que ciertas doctrinas fundamentalistas se enfrentan con el libre pensamiento y la visión científica que impera en Occidente. En Ágora se recuerda asimismo que en muchas de estas visiones, especialmente las más radicales, la mujer no goza de las mismas oportunidades ni tiene opción al desarrollo de su dignidad intelectual en las mismas condiciones que el hombre. No quiero entrar en polémica sobre si el virtuoso personaje de Hipatia y su radical entorno están más o menos bien caracterizados en la película, que sin duda está bien documentada pese a las enormes incógnitas que inquietan a los historiadores sobre las circunstancias y los personajes de los últimos días de la emblemática y misteriosa Biblioteca de Alejandría. Ponerse en la piel de los sabios (y sabias) de la antigüedad, que buscaban una explicación científica al mundo y al universo sin el conocimiento que ahora tenemos es fascinante. Imaginaos un mundo sin luz eléctrica, en el que el cielo nocturno estrellado se observa con suma claridad. Los sabios de culturas antiguas leían en este cielo de estrellas fijas el paso del tiempo, la llegada de las distintas estaciones o la temporada de lluvias, conocimientos esenciales para planificar las cosechas de las que dependía su supervivencia. También conocían desde tiempos remotos el tránsito de los “errantes”, los planetas, para ellos el sol, la luna y las cinco estrellas que cambian su posición en el cielo en las proximidades de la eclíptica, es decir, a lo largo de la franja de cielo representada por las doce constelaciones zodiacales que ya conocían los Sumerios. En ausencia de referencias racionales para explicar esto surgieron explicaciones mágicas o metafísicas, se asimilaron los siete planetas a poderes de la naturaleza y a titanes o dioses (todavía llevan los nombres de los grecorromanos). De ahí la magia del número siete, los días de la semana (Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno, Sol), los siete brazos del candelabro judío, que probablemente tiene el significado oculto de que todos los dioses son uno (¿no serían las siete tribus de Israel antiguos adoradores de estos poderes planetarios?). El mérito de Hipatia y otros astrónomos notables de la antigüedad, como Ptolomeo, fue despojar a estos fenómenos de la enorme aura mágica y metafísica a que les sometía el conocimiento de su tiempo y verlos como cuerpos celestes, simplemente. Que sus conclusiones fueran correctas científica o matemáticamente es sólo un mérito añadido a este enorme avance intelectual que generaciones posteriores volvieron a borrar durante más de un milenio. Hay una disciplina fascinante que es la arqueoastronomía o etnoastronomía, a caballo entre la arqueología, la historia de las religiones y la historia de la ciencia. Se ocupa de la ardua tarea de intentar comprender qué veían los antiguos pueblos y civilizaciones en el cielo, cómo interpretaban las constelaciones, los movimientos planetarios, y los fenómenos astronómicos en general pueblos como los antiguos babilonios, los mayas, los aztecas, los egipcios, los celtas, etc., y cómo las relacionaban con sus creencias e influían en sus costumbres. Releer mitologías y textos sagrados desde una perspectiva arqueoastronómica es simplemente apasionante. Sin necesidad de irnos a Stonehenge ni a las pirámides mayas ni a posibles interpretaciones astronómicas del crepúsculo de los dioses germánico ni la obvia conexión de la mitología griega y la de otros pueblos mediterráneos con las estrellas, en los propios textos de la religión cristiana los evangelistas pudieron introducir misterios astronómicos en su relación biográfica del gran talento espiritual de su época, Jesús, como la ubicación de su nacimiento con precisión en el solsticio de invierno, el nacimiento de un año solar, marcado desde los antiguos egipcios por la aparición de Sirius en el horizonte oriental al atardecer (la estrella de Oriente) seguida de las tres estrellas del cinturón de Orión (los tres Reyes Magos). La Última Cena, que asienta el ritual cristiano aún vigente, podría encerrar un misterio de calendario (de 12 meses, a mes por apóstol, o 13 si contamos a Jesús, el año de 13 lunaciones de 28 días, que falla por un solo día el cómputo del ciclo solar de 365 días; 12 y 13 son también números mágicos, repetidos en otras culturas, como por ejemplo en las leyendas artúricas) basado en interpretaciones astronómicas, en las que se reproducen ritos de agradecimiento o propiciación de las cosechas, el pan de solsticio de verano en los rituales de siega y el vino del equinoccio otoñal en la vendimia, típicos de los misterios religiosos de las culturas mediterráneas, sobre todo la griega. De hecho, el hermetismo de los misterios de Eleusis, que debían ser de esta índole, parece similar al de los ritos clandestinos de los primeros cristianos. Aparte de fantasear un poco, lo que quiero decir es que probablemente nuestra cultura le debe inconscientemente muchos tópicos a observaciones paracientíficas arcaicas del cielo y que si los fundamentalistas de nuestros días leyeran sus textos desde un prisma racional podrían desvelar interpretaciones científicas, metafísicas o puramente poéticas del cielo visto por los antiguos sabios que probablemente fueron sus profetas. Creerse lo que los textos dicen a pies juntillas, sean científicos, periodísticos o religiosos, sin cuestionar nada, supone una anulación del intelecto humano. Sólo tengo que lamentar que los druidas, los sacerdotes de Osiris, etc. desde su mundo mágico o la propia Hipatia desde su foco racional no tuvieran un microscopio. La Biología Celular tendría mucha más poesía.

martes, 19 de mayo de 2009

H1N1: CONOCER LO IMPREVISIBLE

Conocer al enemigo, su naturaleza, sus movimientos, su estrategia, es esencial para ganar la batalla. La diferencia entre una persona consciente de la magnitud del peligro de una ignorante es que la primera actuará con la reconfortante sensación de no tener miedo a lo desconocido. Por otro lado, la ignorancia absoluta es una vacuna contra el miedo, y el miedo no es malo en tanto en cuanto estimula la prudencia. Con el nuevo virus de la gripe H1N1 ocurre algo de esto… Por un lado, la alarma ha sonado y la población mundial está alerta, por miedo o por prudencia. Por otro lado, las autoridades sanitarias han transmitido finalmente una sensación de relativa seguridad basada en el conocimiento profundo que tenemos de este particular enemigo. Es imprevisible, sí, pero conocemos incluso su imprevisibilidad. Nadie bien informado duda a estas alturas que estamos ante el primer virus de gripe pandémica del siglo XXI. En el siglo XX tuvimos tres pandemias, en 1918, 1957 y 1968. En el 1918, nuestros bisabuelos y tatarabuelos no sabían lo que era un virus, y los cuatro que lo sabían creían que la gripe la causaba una bacteria, en cualquier caso. Balance: más de 50 millones de muertos en un invierno (viajó por todo el globo sin necesidad de transporte aéreo), la mayor y más fulminante epidemia conocida en la historia. Los que comparan el virus de 1918 con el recién surgido en México no sembrarían tanto alarmismo si consideran que ni los conocimientos científicos ni las condiciones sociales son los mismos 89 años después. Para empezar, los parámetros higiénico-sanitarios en el primer mundo de entonces serían equivalentes a los del tercer mundo actual (no olvidemos que las naciones más civilizadas estaban inmersas en la Primera Guerra Mundial precisamente durante el inicio de la epidemia). En 1957 y 1968, nuestros padres y abuelos pasaron un gripazo menos virulento que el del 18, algo parecido a lo que esperamos ahora, aunque entonces no había ni posibilidad de elaborar vacunas de uso generalizado ni “Tamiflu”. Un vasito de leche caliente y a la cama. Y punto. Los epidemiólogos llevaban un tiempo esperando esta, y tenemos suerte de que los presagios más pesimistas no se han cumplido y no se trata un virus derivado del aviar H5N1 que fuese capaz de llevar a cabo con éxito el temido salto de especie, con una tasa de letalidad en el ser humano del 80% cuando se transmite directamente desde las aves. Al lado del aviar, este nuevo H1N1 “porcino”, con su modesto 0,8% de tasa de letalidad mostrado hasta ahora (mayor en México, 1,97%, acaso porque les pilló de sorpresa, no más), y por tanto 100 veces menos virulento, es un problema menor. Pero no hay que fiarse… Por un lado el H5N1, aunque se ha enfriado en los medios de comunicación, sigue circulando y transmitiéndose con cuentagotas a las personas humanas y probablemente a los cerdos porcinos, especialmente por el sudeste asiático. Y por otro lado, me temo que el próximo invierno trae una nueva gripe, cuya virulencia puede hacerse más agresiva (o menos, este enemigo es imprevisible, insisto) y que nos va a coger inmunológicamente desprevenidos, salvo que la vacuna llegue a tiempo y sea eficaz. Puesto que la producción de la vacuna de la gripe está muy puesta a punto y la OMS en persona va a coordinar los esfuerzos, es probable que llegue a tiempo, pero la cruz de la moneda es que la eficacia de una vacuna nueva no se conocerá hasta después de utilizarla.
En cualquier caso, no deja de fascinarlos la capacidad evolutiva de este virus, capaz de “barajar” sus ocho fragmentos genómicos con los de sus múltiples primos como naipes, generando así un sinfín de probabilidades (combinación de 8 elementos tomados de 8 en 8), saltando de especie a especie (gaviotas, ballenas, focas, caballos, patos, gatos, gallinas, cerdos, personas…). En el fondo, las infecciones virales son parte esencial de nuestra historia como especie y de la del resto de especies de la biosfera. Contribuyen en gran medida a ejercer esa presión selectiva que selecciona sólo a los más fuertes, asegurando una mejor adaptación al medio. Con su tremenda capacidad evolutiva, minúsculos virus como el de la gripe condicionan el más lento proceso evolutivo de los seres superiores. Es una visión un tanto determinista, lo sé, pero es cierto… Somos los descendientes de los supervivientes de tres pandemias de gripe de media por siglo, de manera sucesiva, desde la noche de los tiempos. Y va a seguir siendo así, porque esta enfermedad infecciosa, al contrario que otras epidemias históricas, no va a ser fácil de erradicar. Conocemos al enemigo lo suficiente como para saber que es virtualmente indestructible.

martes, 17 de marzo de 2009

Darwin y el Botox


Al margen de la parafernalia darviniana con motivo del 150 aniversario de la publicación de la teoría de la evolución, me ha llamado la atención un artículo de un divulgador llamado Carl Zimmer en una revista de divulgación científica titulado “Por qué a Darwin le habría encantado el Botox”. Si revisamos a la obra de Darwin nos daremos cuenta de que el sabio británico estaba obsesionado con otros temas, distintos a su clásica afición de ofender a los creacionistas. Y uno de ellos era la expresión facial, hasta el punto de llegar a publicar un libro años después del Origen de las Especies (“La Expresión de las Emociones en el Hombre y los Animales”, que se puede leer on-line V.O.) en el que presenta con gran detalle sus observaciones sobre hasta qué punto el lenguaje de los gestos es un rasgo hereditario o adquirido mediante aprendizaje. Leyendo esta obra se descubre a Darwin como un observador minucioso, capaz de pasarse una tarde en el zoo enseñándoles espejos a los orangutanes, o estudiando fotografías del electrofisiólogo torturador Duchenne que muestran la cara de sus pacientes al recibir tal o cual calambrazo en músculos orbiculares o buccinadores, capaz de preguntar a sus amigos neozelandeses o brasileños si los nativos de por allí cuando se sorprenden abren la boca o suben las cejas, recopilando información sobre comportamiento canino y equino de las fuentes más diversas (aunque parece más seguro de las conclusiones que saca espiando a sus propias bestias que de las de eminentes zoólogos de la época), preguntando a los expertos si los leones, tigres y jaguares ronronean como los gatos… La reflexión que Darwin quería sacar a la luz con todo esto es que la expresividad de algunos mamíferos capaces de desarrollar un comportamiento afectivo ante ciertos estímulos (especialmente primates, pero también chuchos menos evolucionados) recordaba mucho a la innata en el ser humano. Darwin plantea en esta obra de manera prudente pero muy racional la frontera entre la capacidad innata de expresar emociones y la resultante del aprendizaje por imitación, poniendo ejemplos basados en el “body language” de los bebés o de personas ciegas de nacimiento. La tesis que pretendía sostener Darwin sigue vigente, aunque los neurofisiólogos de nuestros días (¿o debería llamarles neurofisiónomos?) tienen tecnología más sofisticada que permite estudiar las áreas del cerebro que se estimulan en relación con gestos y emociones. Hoy se asume que la cara de los primates, además del espejo del alma, como dicen, es un sofisticado y preciso instrumento de comunicación emocional que, como especulaba Darwin, precedió al desarrollo del lenguaje. De hecho, la evolución nos ha dotado de músculos capaces de “poner cara” a cualquier emoción según nos ha ido convirtiendo en seres capaces de desarrollar relaciones afectivas. Se ha probado experimentalmente que los primates sociales tienen más repertorio de gestos faciales que sus parientes solitarios. Parece ser que empatizamos con nuestros semejantes imitando su expresión de manera instintiva: una cara sonriente nos hace sonreír en una fracción de segundo, mientras que un gesto agresivo induce otro de rechazo. Expresiones y emociones corren en nuestra mente espontánea e inseparablemente paralelas. El Botox, como sabéis, es la toxina botulínica, un potente veneno de origen bacteriano capaz de causar una pérdida severa del tono muscular. Inyectada localmente en pequeñas dosis en ciertas regiones de la cara paraliza los músculos responsables de la expresión, lo que ha encontrado en nuestra coqueta civilización aplicaciones puramente cosméticas, es decir, ajenas a su aplicación terapéutica pero mucho más lucrativas. A unos científicos alemanes se les ocurrió hacer un experimento que a Darwin le hubiera gustado más que ver al cura más reaccionario de su parroquia anglicana comiendo plátanos colgado de una liana. Se les ocurrió escanear la actividad cerebral de unas cuantas personas sometidas a parálisis facial con la toxina ante la visión de caras tristes y cabreadas y compararlo con el de otras tantas no tratadas y, por tanto, con un tono facial normal. La conclusión del experimento es que las personas tratadas con botox, al no poder empatizar con las caras largas que se les mostraban, no estimulaban tan eficazmente como la gente normal la región cerebral llamada amígdala, el centro de las emociones. Es decir, que sienten y padecen menos y, por tanto, además de ser más inexpresivas son más felices ante la desdicha ajena. Teniendo en cuenta que millones de inyecciones de Botox son administradas anualmente en los centros de cosmética de todo el primer mundo, una conclusión precipitada puede ser que, de manera involuntaria y en aras de la búsqueda de la eterna juventud, vivimos en un mundo más feliz. Si en algo estábamos de acuerdo los evolucionistas y los creacionistas es que, sea Dios o sea la evolución, se nos ha otorgado la encomiable capacidad de expresar nuestras emociones. ¿De verdad merece la pena ir contra natura –o contra la voluntad divina- sólo por las apariencias? La respuesta a esto puede estar en otra obra darviniana, publicada un año antes que ésta: “El Origen del Hombre y de la Selección en Relación al Sexo”. En el fondo, quitarte esas arruguitas a costa de tu credibilidad como digno heredero del eslabón perdido no es probablemente sino una estrategia para atraer al sexo opuesto y perpetuar la especie. Pero eso es otra historia.

lunes, 27 de octubre de 2008

Gramsci y la Ciencia


Antonio Gramsci era un político e intelectual sardo, fundador del Partido Comunista Italiano y de la revista Ordine Nuovo, a quien Mussolini no tenía demasiada simpatía, por razones obvias. Resulta interesante revisar casi un siglo después sus reflexiones sobre “la Ciencia y la ideología científica” dentro de su panfleto de historicismo marxista "Introducción a la Filosofía de la Praxis" (ya, ya, seguro que en tu biblioteca hay algo más ameno que este rollo). Hoy hablar de la Ciencia como una “ideología” resulta un disparate, pero en aquella Europa caliente en que las ideologías movían masas, parece ser que cabía plantearlo. Eso sí, de ser la Ciencia una ideología, Gramsci reconocía que sería superior jerárquicamente a otras ideologías. Incluso se siente tentado de proponer que cabe considerar a la Ciencia como la “concepción del mundo por excelencia, la que destruye todas las ilusiones ideológicas y sitúa al hombre frente a la realidad tal como es”. Hay que admitir que aunque el método científico busque la máxima objetividad en la interpretación de los fenómenos naturales, siempre está sujeto a la subjetividad del observador científico. Y esto pone a los científicos siempre en el punto de mira de los filósofos… Gramsci se pregunta: “¿Todo lo que la Ciencia afirma es objetivamente verdadero? ¿De modo definitivo?” Y el mismo se contesta, sabiamente: “Si las verdades de la Ciencia fueran definitivas, la Ciencia hubiera dejado de existir como tal, como investigación, como nueva experimentación, y se limitaría a divulgar lo ya descubierto.” ¡No, por favor, qué aburrimiento! También dice Gramsci que la visión experimental directa de “estas ciencias microscópicas” es privilegio de unos pocos que aún no han desarrollado de manera adecuada la “literatura” para transmitir esos conocimientos de manera satisfactoria, y nos previene que la Ciencia debe divulgarse “por obra de científicos y estudiosos serios, no de periodistas omniescentes y autodidactas presuntuosos”. De lo contrario, se corre el riesgo de caer en la “superstición científica, que lleva consigo ilusiones tan ridículas que la misma superstición religiosa (el opio del pueblo, ya sabes) resulta ennoblecida” ¡Toma ya! Es curioso que el trasfondo de estos pensamientos siga tan vigente en una sociedad tecnológica como la nuestra, en la que las ideologías a las que se aferraba tanto Gramsci como sus enemigos políticos han caducado por infames, después de causar todo el daño que han podido. Bueno, nos queda el consuelo de que tanto la Ciencia como la Filosofía ennoblecen el espíritu humano y que no necesariamente han de estar enfrentadas, constituyendo dos vías alternativas que nunca hay que entender individualmente de manera absoluta, a riesgo de caer en algún tipo de fundamentalismo. El caso es que este personaje, jorobado y enclenque, maltratado por su época y ya semiolvidado, no mereció la mala vida que llevaba. Algunos reflexionaron menos sobre la “Filosofía de la Praxis” pero vivieron mejor. ¡Qué injusticia! La tuberculosis y las cárceles de Mussolini acabaron con él a los 46 años. ¡Fuera las ideologías! ¡Forza Antonio (por atreverse a cuestionar las suyas propias en aras de la Ciencia)!

martes, 14 de octubre de 2008

Verde que te quiero verde




Puede resultar llamativo que unos investigadores reciban el Nobel de Química 2008 por haber descubierto una proteína fluorescente. Y además verde. De hecho, esto es algo especialmente intrigante para un químico, que sabe que las proteínas, químicamente hablando, son largas cadenas cuyos eslabones (los 20 aminoácidos que las componen) son comunes a todas ellas. Lo que hace diferente a una proteína de otra es simplemente la secuencia en la que estos se disponen, pero si hay algo fluorescente en una proteína lo hay en todas, ¿no?… Un químico avezado diría que esa proteína está unida a algo más… El “fluoróforo” en cuestión, claro, que ha de ser una molécula orgánica compleja, con anillos conjugados cuyos átomos comparten electrones, de esas cuya fórmula es la peor pesadilla de los estudiantes de Química. Pero no, no hay trampa ni cartón, la Green Fluorescent Protein, GFP para los amigos, fluoresce por sí sola y está compuesta sólo por los 20 aminoácidos esenciales, los mismos que cualquier otra proteína. ¡Demonios! ¿Cómo lo hace? Además de verde, ¿es marciana? Pues no, Osamu Shimomura, de Massachussets de toda la vida, como su nombre indica, pero también aficionado al pescado crudo, la encontró en una medusa. De hecho, es la causa de que esa medusa sea fluorescente (caprichos de la madre naturaleza… pensad que en las profundidades marinas hay peces con una linternita en la frente, así que no se les debe hacer tan raro convivir con estas excentricidades). No se trata de reacciones bioluminiscentes, como en las luciérnagas, simplemente de la presencia de una proteína, que si es irradiada con luz azul emite luz verde. Para entenderlo hay que pensar en tres dimensiones, porque el fascinante mundo de las proteínas es netamente tridimensional. Resulta que la GFP adopta un plegamiento compacto en forma de barrilete, con la fortuna de que en el centro del barrilete entran en contacto tres aminoácidos dispuestos espacialmente de tal manera que comparten electrones entre sí y generan un fluoróforo. Casualidades de las de una entre un billón.


Esto es un chollo para los biólogos celulares, porque si fusiono el gen de la medusa que codifica esta joya con mi gen favorito y consigo expresarlo en mi célula favorita, produzco una quimera que es mi proteína favorita con un farolito verde. Ahora miro mi célula favorita con un microscopio de fluorescencia y me paso las horas muertas espiando la vida secreta de mi proteína favorita en un organismo vivo. Esto se le reveló a Martin Chalfie, neoyorquino de Chicago de toda la vida, acaso viendo los luminosos de Broadway o Times Square. ¿Por qué esto ha revolucionado la Biología Celular? Fácil: antes para ver dónde estaba tu proteína favorita en la célula o en un tejido necesitabas dejar a la célula tiesa (lo que los microscopistas, que son muy finos, llaman “fijar la muestra”) y luego detectar tu proteína con anticuerpos específicos conjugados químicamente con un fluoróforo al uso. Gracias a eso había sido posible asociar cada proteína al orgánulo celular donde trabaja, o al tipo de tejido en que se expresa. Pero la GFP es Hollywood… ¡Puedes trabajar sobre células vivas! El sueño del biólogo celular se hizo realidad: Vimos moverse al citoesqueleto, translocarse al núcleo a los factores de transcripción, formarse los tejidos embrionarios… Todo a tiempo real. Y en un verde medusa de lo más resultón. Para caérsele a uno la baba. En esta página web, puedes ver ejemplos de localizaciones típicas de fusiones a GFP en una célula. Y aunque el verde es el color de la esperanza, la cuestión es que si queríamos hacer esto con dos proteínas a la vez, a ver si frecuentaban los mismos antros celulares, no había manera porque al ser las dos verdes era imposible saber quién era quién. Esto lo solucionó el que nos faltaba, Roger Tsien, californiano de los de Manhattan de toda la vida, que se dedicó a introducir mutaciones de fantasía en el barrilete para cambiar sus propiedades espectrales… Azul, cyan, amarilla… Proteínas fluorescentes de diseño alternativas a la verde. La más esperada, la roja, hubo que robársela a otros bichos, porque la pobre medusa no daba tanto de sí. Lo bien que nos lo hemos pasado en todos los laboratorios de Biología durante los últimos quince años gracias a estos señores no lo sabe nadie. Y lo que nos queda. Merecido premio. Espero que en la ceremonia de entrega se lo agradezcan a la medusa, no obstante.

jueves, 25 de septiembre de 2008

¿Crees que puede haber vida en Marte?


El otro día en una conferencia conferencia científica, el profesor Ricardo Amils, reconocido geomicrobiólogo, partía de la hipótesis de que, dada la probada existencia de agua en Marte, era posible la existencia de vida en el planeta rojo. La Geomicrobiología, como su nombre indica, estudia los avatares de la vida (microbios, claro) sobre los minerales. La empresa no es sencilla, pero menos da una piedra.
La orografía y la distribución de los sedimentos parece dar alas a los sueños más húmedos de los astrobiólogos: que en tiempos pretéritos hubo agua líquida en Marte. Las misiones que los terráqueos hemos enviado a Marte, las más sofisticadas consistentes en “rovers”, correcaminos con aspecto de WALL·E, parecen constatar que no hay nada vivo pululando por la superficie de Marte a simple vista, pero tampoco descartan que algunos de los minerales analizados tengan un origen biológico. Algunos marcianoescépticos dicen que probablemente hay vida en Marte, pero vida extramarciana. Es decir, hay vida ahora que hemos mandado allá todo ese montón de chatarra contaminada con microbios terrícolas. Aunque dudo que al pobre estafilococo de la piel del técnico de montaje de la NASA que ensambló el brazo robótico del Opportunity le están gustando las vacaciones. Desde luego, las evidencias apuntan a que en la superficie del planeta rojo no hay señales de vida, lo que no sorprende teniendo en cuenta que, aunque la temperatura a mediodía en el verano marciano puede pasar de 20 ºC, las noches son fresquitas, de hasta 160 ºC bajo cero. Pero… ¿Y en el subsuelo? Amils apuesta por las perforaciones en futuras exploraciones marcianas en busca de vida. Dicho por un científico de los de barbas blancas y luengas, todo esto suena un poco “freaky”, incluso a tópico de profesor chiflado, pero este señor tiene autoridad para decírselo de tú a tú a sus colegas en la NASA. Su equipo ha encontrado microorganismos viviendo en el interior de bloques de pirita a más de 100 metros de profundidad, en ausencia de luz o materia orgánica para obtener la energía, la cual consiguen probablemente de oxidar iones ferrosos. Son microbios españoles de pura cepa, andaluces de Huelva de toda la vida, puesto que la franja pirítica de la región del Río Tinto es para los geomicrobiólogos algo así como la Tierra Prometida para el pueblo de Israel. Aunque Amils confiesa que la proximidad del jamón de Jabugo tiene que algo que ver con esto. Dado que estos microbios comen indigesta pirita en lugar de los citados “pata negra”, crecen muy despacito, pero no se pueden quejar de la temperatura, que jamás sube o baja de 20 ºC. Los detractores de la importancia de estas investigaciones (la Ciencia sólo se consolida a base de aportar pruebas experimentales supuestamente irrefutables a los incrédulos) alegan que esos bichos pueden ser contaminaciones inherentes al proceso de toma de muestra. A mí personalmente me parece que es loable extender los límites de la Biosfera en la Tierra, aunque sea a niveles inferiores a la red del Metro, antes de irnos a buscarla a otros planetas. En palabras del profesor Amils, “no sabemos si hay, hubo o habrá vida en Marte, pero tampoco sabemos cómo se originó la vida en nuestro planeta”. Lo más interesante de todo esto es que muchos científicos piensan que la respuesta a ambas cuestiones puede estar relacionada. Hay incluso algún visionario que sostiene que la vida pudo llegar a la Tierra en el interior de un meteorito. A lo mejor al final somos marcianos. Mira tú por dónde.

jueves, 19 de junio de 2008

¿Por qué CELLULARIUM?

Cellularium pretende ser para la Biología lo que un planetario es para la Astronomía: Un auditorio donde se nos muestra de manera virtual una realidad científica que no podemos percibir mediante nuestros sentidos. Tan excitante resulta la sensación de explorar la inmensidad del cosmos con ayuda de un telescopio como la de asomarse al microscopio a curiosear en los secretos de la vida. Esa sensación de vértigo es la emoción de sobrepasar nuestros límites y entrar en lo desconocido.
La célula es la unidad básica de la vida. Todos los seres vivos están compuestos por una o más células. Te interesará saber que si estás leyendo esto sin duda perteneces a la especie Homo sapiens y, por tanto, estás constituido por aproximadamente 10 billones de células a las que hay que sumar 100 billones de bacterias que viven permanentemente asociadas a tu organismo prácticamente desde el momento en que te parieron (eso para recordarte de paso que eres un mamífero o mamífera). Pero lo más fascinante es que cada una de esas pequeñas células tiene una función, una misión que cumplir, que se comunican entre ellas y cooperan eficazmente para mantener cada minuto el milagro de la vida. Y para dejar poco margen a la improvisación, todo está programado en tu genoma. Imaginarás que entender todo lo que ocurre en un organismo vivo es muy difícil, incluso para los científicos. Sin embargo, gracias a los avances de la denominada Biología Molecular en las últimas décadas, al desarrollo tecnológico y al aumento de capacidad de procesamiento de los ordenadores estamos viviendo en una auténtica “edad de oro” de la Biología Celular y Molecular. Y si no eres consciente de esto no sabes lo que te estás perdiendo.
En Cellularium te lo contamos.